Cuando el Estado no reacciona ante la violencia de género

Violencia de género
Violencia de género

Érica Domínguez denunció reiteradamente a su ex novio por violencia y acoso, pero las autoridades, en vez de protegerla, la cuestionan.

Érica Domínguez es una joven sanjulianense que no puede hacer una vida normal debido a la violencia y hostigamiento constante que sufre por parte de su ex pareja. A la que denunció en reiteradas ocasiones durante los últimos meses sin conseguir que se haga justicia.

El noviazgo entre ambos no duró mucho tiempo. La violencia hacia ella comenzó cuando empezaron a vivir juntos. Fueron dos meses de pesadilla en los que Érica tuvo que soportar violencia psicológica y física de manera sistemática, producto del carácter violento de su ex compañero.

Tuvo que terminar la convivencia porque era insostenible. No podía vivir en esas condiciones. Sin embargo, la violencia no terminó con el final de la convivencia. Fue solo el comienzo.

Vivir en peligro

Si bien desde antes del invierno de 2019 la convivencia ya había concluido, hubo idas y vueltas. Rupturas seguidas de regresos que siempre estaban condicionados por la violencia de este sujeto. Quien la extorsionaba con quitarse la vida o perderse en las drogas y el alcohol si no volvían a estar juntos.

Érica, víctima del terror que este sujeto ejercía sobre su persona a través de la persecución y el acoso en persona o vía telefónica, recién se animó a denunciarlo por primera vez en noviembre de ese mismo año, cuando su ex pareja comenzó a intentar entrar a su domicilio para ejercer violencia sobre ella.

La relación terminó por completo en ese momento, sin embargo, la violencia y el hostigamiento siguieron más allá de la denuncia. A partir de este momento, si bien Érica se animó a plantársele a su violento ex novio, la justicia y las autoridades, que se suponen deben defender a la víctima, no la han acompañado y solo contribuyeron a complicarle más la vida.

La justicia tomó medidas con el violento, pero esta persona siguió acosándola y entrando a la casa donde ella vive para someterla a la violencia física y psíquica.

Ante la burocracia a la que es sometida por las autoridades cada vez que realiza una nueva denuncia, decidió externalizar en las redes sociales y los medios de comunicación el flagelo que vive a diario con la esperanza de que la visibilización de ese infierno ejerza una condena social sobre esta persona que la acosa y violenta continuamente.

Una situación visible pero en la que el Estado no da respuestas

La violencia de género cotidiana que sufre Érica es una situación que se repite en cientos de miles de mujeres en todo el país. Si bien el incremento en el número de denuncias habla de una visibilización del problema, las autoridades no se encargan de darles protección a las víctimas.

En muchos casos, como el de la denunciante en esta ocasión, son tratadas con sospecha, como infiriendo que ellas algo habrán hecho para fomentar el infierno en el que viven. Este enfoque erróneo profundiza la estigmatización de la víctima y asigna un trato liviano e indulgente con el victimario.

Resulta difícil para las mujeres tomar la decisión de ir a denunciar porque viven con miedo. En los lugares donde toman la denuncia las cuestionan y no dan esperanza de tomar medidas para que puedan vivir tranquilas.

El Estado lo toma como un tramite más. A lo sumo, las autoridades le imponen una orden de restricción al violento que, en este caso, no se respeta. No les inician causas, solamente quedan procesados y andan con impunidad por el pueblo. Lo que implica que las víctimas no pueden circular tranquilas por miedo a que se les aparezca en la vía pública de un momento para el otro.

Una luz al final del túnel para volver a ser feliz

Érica no es la primera víctima del joven al que viene denunciando en más de una ocasión. Pues muchas mujeres lo han denunciado con anterioridad. El Estado le asignó terapia y custodia, pero no lo controlan. Su posición ventajosa como hijo de un policía parece darle un plus a la hora de evadir las ordenes de restricción. Se trata de una situación peligrosa en la que la ley debe operar por encima de cualquier condicionamiento e influencia.

Mientras tanto, la víctima mantiene la esperanza pese a la amenaza constante de un nuevo acto de violencia ejercido por su ex pareja. Espera que el Estado, pese a su abordaje entre ineficiente y erróneo, se ponga de su lado, como corresponde.

Para ello cuenta con el apoyo de movimientos y organizaciones en defensa de la mujer, y también que tanto la condena social como el cansancio del violento jueguen a su favor para que vuelva a tener una vida tranquila y sin amenazas en la que pueda enfocarse en ser feliz.

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